Apreciado compañero, apreciada compañera, como militantes del PSC preocupados por la deriva nacionalista de nuestro partido, deseamos compartir contigo nuestras reflexiones. Bajo la presidencia de Pascual Maragall, nuestro gobierno ha impulsado la redacción de un nuevo Estatut para Cataluña. El objetivo de fondo, expresado de manera explícita por el propio presidente, es definir un nuevo marco de relaciones entre Cataluña y España que supere el modelo igualitario de Constitución desarrollado por Felipe González y que dé paso a un segundo periodo constituyente inspirado en una “asimetría” federal.
Durante este debate sobre el Estatut nuestro partido ha dejado claro su convencimiento de que el catalanismo es el único modelo político posible (natural e incuestionable) para Cataluña. En nuestra opinión, esta posición ideológica de base —que no toma en cuenta a los numerosos ciudadanos de Cataluña que, siendo catalanes, no son catalanistas— condena al fracaso cualquier intento de nuestro partido de obtener una mayoría real de gobierno.
El catalanismo encierra al PSC en los límites marcados por el nacionalismo. Al dejar fuera del ámbito político a todos los catalanes que no son catalanistas, el PSC abona el terreno a los nacionalistas. Esto nos ha conducido a una situación política viciada, en la que una comunidad como Cataluña, donde el soberanismo es sólo residual, tiene unos representantes políticos mayoritariamente soberanistas. Por añadidura, pese a ser una posición minoritaria en Cataluña, este soberanismo condiciona incluso la política del resto del país.
Creemos que ha llegado el momento de poner en cuestión el catalanismo que define nuestro partido. Han pasado ya más de 25 años desde que los fundadores del PSC decidieron que socialismo y catalanismo serían las dos caras indisociables del mismo proyecto. El catalanismo cumplió con su función de prestigiar lo que había sido injustamente atropellado. Pero la realidad del país ha cambiado y el partido debe cambiar con ella.
Ser catalanista en 1977 era dar voz a quienes no la tenían, ser catalanista en el 2005 es quitársela a quienes también deberían tenerla.
Es preciso que el PSC abra el campo de la política. El PSC no puede perseverar en mantener fuera de juego a buena parte de su electorado potencial. Tanto por honradez como por estrategia política, el PSC debe dirijirse a todos los ciudadanos de Cataluña, sean o no sean catalanistas. Estamos seguros de que en Cataluña existe espacio político para defender abiertamente, sin miedo y sin eufemismos, un proyecto común. La realidad catalana del presente es mucho más rica y diversa que lo que su Parlamento dice de ella. Si alguna misión histórica le corresponde hoy a nuestro partido, ésta es la de proponer un nuevo modelo de país abierto y plural, no identitario, en el que todos sus ciudadanos podamos sentirnos incluidos.
Para avanzar en esta línea, proponemos que nuestro partido tome en consideración las doce peticiones que formulamos seguidamente:
1. El PSC debe ceñirse al discurso socialista
Denunciamos que el socialismo en Cataluña está impedido por el catalanismo. Los
planteamientos identitarios “homogeneizadores” como los que defiende la cúpula del PSC son incompatibles con el discurso de una izquierda moderna y pluralista. Desde su constitución hace más de seis años, Ágora socialista viene reivindicando que el PSC se ocupe de la actualización del pensamiento de izquierdas, de redoblar sus esfuerzos en defensa del Estado de bienestar, de atender, en fin, los asuntos que realmente interesan a la inmensa mayoría de los ciudadanos: corregir las desigualdades, ampliar la justicia social en los ámbitos de salud, cultura, enseñanza y vivienda, ensanchar las libertades, fomentar las políticas de trabajo y empleo, desarrollar la industria, el turismo y el comercio…
Sin embargo, según Pascual Maragall, las políticas identitarias deben ser previas a esta acción política. ¿Por qué motivo? Tal vez el demos catalán ya existente no sea de su gusto y considere necesario crear otro más “apropiado”… Recordamos al señor Maragall que la Generalitat ya tiene un “pueblo” para el que gobernar: el conjunto de ciudadanos que conformamos la comunidad política catalana. El demos no debe identificarse como una comunidad de creencia. Consideramos que es muy negativo para Cataluña que el catalanismo político se obsesione por cohesionarnos identitariamente: no queremos que se nos religue en torno a una identidad uniforme, no queremos que la acción política se supedite a la construcción de la nación, no queremos que se pongan más fronteras a la ciudadanía. El demosque desea crear el catalanismo político ya existe, no hay que “normalizarlo”, sino respetarlo.
2. El PSC debe dejar de ser nacionalista
Denunciamos que el catalanismo del PSC es en realidad un nacionalismo implícito. De hecho, el nacionalismo en Cataluña obtiene sus mayores éxitos con la colaboración imprescindible del PSC. El catalanismo político es una estrategia: gracias precisamente a que no se reconoce como nacionalismo puede avanzar sin obstáculos hacia sus metas, que apenas se diferencian de las del nacionalismo explícito que hemos padecido hasta la fecha. Entre el nacionalismo explícito y el implícito la diferencia fundamental no es de fines, sino de medios (la calculada ambigüedad catalanista es más efectiva). Denunciamos que tras la pretendida superación del debate entre nacionalistas y no nacionalistas existe una estrategia diseñada por ERC y reconocida por sus dirigentes: lograr que todos los votantes seamos oficialmente catalanistas —lo sepamos o no, lo
queramos o no—, una vez que se ha logrado que no exista vida pública al margen del
catalanismo. Nadie se puede declarar “no catalanista” si desea participar en la política… o incluso en la sociedad.
La deriva nacionalista del PSC es tan acusada que en los últimos años se manifiesta incluso en la escenografía de nuestros actos: la desaparición de las banderas socialistas en los mítines, la presencia solitaria de la senyera —incluso de la estelada— y del himno de Els Segadors en distintos actos, la desaparición del castellano como lengua habitual en reuniones, documentos, etc., o incluso el guiño de nuestro anagrama, donde la “C” tiene mayor importancia que la “S”… Estos “detalles sin importancia” son en realidad un síntoma del virus que el nacionalismo ha inoculado al discurso socialista. Nuestro mensaje y nuestra acción política se ven perjudicados por aquellos que defienden que PSC y PSOE deben ser partidos independientes, por aquellos que consideran que para ser socialista en Cataluña es imprescindible ser catalanista. Estos “liquidadores” del PSC-PSOE llevan años ocupándose de sacrificar lo más característico del programa socialista (políticas sociales, solidaridad, libertad, lucha contra la discriminación — también por razón de lengua y cultura—, erradicación de la pobreza, justicia, etc.) en aras de su ilusión identitaria.
3. El PSC debe atender a sus bases
Denunciamos que el discurso oficial del PSC se distancia cada vez más del sentir mayoritario de sus bases. El catalanismo nos conduce a un socialismo en negativo, pues supone anteponer lo propio a lo justo (lo cual lesiona el principio de solidaridad) y definir lo propio desde criterios de identidad (lo cual lesiona el valor del pluralismo). A pesar de ello, la ausencia de autocrítica hace que desde posiciones progresistas sea hoy tan difícil superar el catalanismo como difícil fue en su día renunciar al marxismo. Para lograr que este pensamiento único haya calado hondo en el discurso de nuestro partido, la élite catalanista del PSC se ha servido de la espiral de silencio, una estrategia que le ha permitido ganar el debate impidiendo que se produzca.
Las causas de la lengua, la nación y la relación con el PSOE son algunos de los temas tabú sobre los que no se permite mostrar el menor desacuerdo, so pena de ser marginado. Condenando al silencio a buena parte de su militancia, esta élite catalanista ha ido alejando paulatinamente el partido de su electorado natural. Pero cada vez se hace más patente la separación entre las ideas de las bases y la dirección política; cada vez es mayor la frustración ante la acción política de los miembros socialistas del Govern. Por ello decimos que es preciso estimular la militancia y la participación de los afiliados y de los simpatizantes dentro de un marco permanente de debate y acción política. El PSC debe colaborar en la profundización de la democracia interna y la renovación política y organizativa del partido: es necesario romper la espiral de silencio.
4. El PSC debe atender a la realidad de Cataluña
Denunciamos que el catalanismo acentúa la fractura entre la Cataluña real y la Cataluña oficial. Durante dos décadas de normalización y de apoyo al “hecho diferencial”, el nacionalismo ha defendido que la parte “diferencial” de nuestra cultura es la única que nos es “propia”, y que lo que compartimos con el resto de españoles es “impropio” de los catalanes. Así el nacionalismo, con la complicidad “implícita” del PSC, ha creado una identidad falsa para Cataluña, que sólo se corresponde con su ilusión identitaria. El discurso oficial del PSC no acepta que la identidad de Cataluña no es otra cosa que la suma de las identidades de los catalanes. El catalanismo del PSC sí acepta, en cambio, el modelo nacionalista de país y sigue gobernando para una Cataluña que tiene más que ver con la ficción normalizada que representan las series de TV3 —donde todos los personajes, desde una portera hasta un director de multinacional, pasando por un camarero o un taxista, hablan un catalán fabriano— que con la Cataluña real.
Con su empeño por privilegiar todo hecho diferencial, el catalanismo ha pretendido hacernos creer que lo que nos diferencia —con frecuencia interesadamente exagerado, incluso inventado— es lo “único” que nos caracteriza. Por el contrario, los estudios sociológicos demuestran, por ejemplo, que Barcelona es, inmediatamente después de Madrid, la provincia con menor “hecho diferencial” de España, o dicho de otro modo: los barceloneses somos, tras los madrileños, lo más parecido que existe a un “español tipo”. ¿Acaso El cor de la ciutat es más catalán que la película Tapas? ¿Isabel Clara-Simó es más catalana que Juan Marsé? ¿Els Pets son más catalanes que Estopa?… Los catalanes que han sido ignorados durante más dos décadas por el nacionalismo conservador hoy siguen siendo ignorados por el catalanismo. El PSC debe dejar de utilizar la política como elemento compensador de las dinámicas sociales. El
PSC no debe seguir dando la espalda a la realidad.
5. El PSC debe atender al presente de Cataluña
Denunciamos que, con la voluntad del PSC, en el nuevo Estatuto “el autogobierno de Cataluña se fundamenta en los derechos históricos del pueblo catalán”. Nuestro partido rechaza el concepto de “derechos históricos” para legitimar el “blindaje” de todas las competencias, pero lo considera esencial para justificar el autogobierno de Cataluña y las competencias en materia de lengua, cultura, derecho civil y organización territorial. Sin embargo, desde un socialismo en positivo debemos negarnos a admitir que la historia sirva de excusa para reclamar privilegios y no podemos aceptar otra legitimidad para la acción política que la fundada en el presente. Toda alusión a la nación catalana busca su referente identitario en una supuesta realidad histórica, anterior al Decreto de Nueva Planta y, muy en especial, anterior a las grandes migraciones que han tenido lugar a lo largo del siglo XX y que han cambiado de una manera profunda la realidad social del pueblo catalán. Para el catalanismo, la pluralidad de la Cataluña de hoy no es el fruto de siglos de convivencia, de matrimonios, de millones de desplazamientos e inversiones, de ilusiones y proyectos compartidos…, sino el odioso resultado de una guerra civil que hay que enderezar (“normalizar”) para resarcir a la Nación catalana.
En efecto, del discurso catalanista se deduce que la Nación catalana es un organismo “histórico” superior al individuo y anterior a cualquier voluntad asociativa: Cataluña sería una entidad distinta de los individuos que la componemos, con unas características esenciales, permanentes, que no dependen del albur de la voluntad democrática de los ciudadanos ni se ven afectadas por la mudanza de los tiempos. Más bien al contrario, como se trata de “un hecho incuestionable que precede al derecho” (en palabras de Joaquim Nadal), son los ciudadanos catalanes quienes debemos adaptarnos (“normalizarnos”) a esas características esenciales de Cataluña para
preservar o recrear la identidad nacional.
Reflexionar sobre la historia es lícito, emotivo, entretenido…, pero de lo ocurrido en el pasado no pueden derivarse derechos políticos que puedan exigirse en el presente. Los territorios más felices son aquellos que no han tenido que cargar con la pesada losa de su historia. Rectificar el presente de Cataluña para acercarlo a sus mitos del pasado es empobrecer irremediablemente — y en todos los sentidos— su futuro.
6. El PSC debe garantizar el respeto a la pluralidad
Denunciamos que en Cataluña se está avanzando hacia un modo de organización política que no garantiza el pluralismo y la igualdad de derechos. Las políticas identitarias son muy peligrosas. Hannah Arendt describió tres pasos en el camino hacia el totalitarismo:
1. El primer paso se da cuando se permite que la identidad colectiva del “pueblo”
prevalezca sobre la libertad del individuo. Este paso se ha dado ya en Cataluña, donde
las políticas de cohesión social tienen como fin la creación de una “nación catalana”
religada en torno a una lengua y una cultura únicas. Los catalanistas equiparan el justo
reconocimiento de las minorías con la injusta aprobación de todo tipo de restricciones
de derechos individuales en el seno de esas minorías.
2. El segundo paso se da cuando a un “pueblo” definido de una manera concreta se le
reconocen unos derechos “históricos” en exclusiva sobre un territorio determinado. El
resto de personas quedan excluidas de esa relación privilegiada con el territorio donde
viven, pues tienen identidades o sentimientos de pertenencia “impropios” y sólo serán
consideradas ciudadanas de pleno derecho en la medida en que se “rediman” de su
herencia o costumbre y adopten la identidad “propia del país”.
3. El tercer paso se da cuando el “pueblo” religado y unido en torno a una identidad
cerrada (primer paso) y constituido en nación con derechos en exclusiva sobre un
territorio (segundo paso) reclama su derecho de autodeterminación, que no es otra cosa que la voluntad de secesión de un “pueblo” para hacer coincidir “nación” (comunidad identitaria de unos cuantos) y Estado (organización política de todos).
Las entidades políticas con intereses contradictorios —y una comunidad libre de ciudadanos lo es por definición— nunca pueden ser sujetos de derechos colectivos, pues siempre habrá algún “conductor” del pueblo que se sienta capacitado para interpretar rectamente la voluntad general, con la iluminación suficente para decidir cuál es el genuino interés de ese pueblo, su inalienable “derecho histórico”. Queremos que el Estatuto sume al conjunto de sus ciudadanos y reconozca expresamente la realidad plural de Cataluña. La pretendida “identidad” de Cataluña no es otra cosa que la suma de las identidades de los catalanes. Exigimos al PSC que lleve a cabo una política de reconocimiento de la diversidad cultural catalana: las personas tienen identidades múltiples y todas son acreedoras de iguales derechos de ciudadanía. Una idea de ciudadanía que se vincula a la identidad oficial del “pueblo” es, por definición, excluyente y reaccionaria, ajena a la cultura política de la izquierda y contraria a las identidades de los ciudadanos.
7. El PSC debe renunciar a institucionalizar el concepto de “nación”
Denunciamos que la voluntad de constituirse como “nación” es la clave de bóveda del
nacionalismo. El nacionalismo nunca nombra la “nación” en vano. Introducir este término en el Estatuto no es en absoluto una trivialidad, sino que está en la base de la estrategia nacionalista diseñada hace años y que sigue avanzando con éxito: paso a paso, alcanzar pequeños hitos graduales que no despiertan rechazo gracias a su aparente intrascendencia, pero que favorecen el logro del siguiente hito. Detener el avance nacionalista en el tercer paso del punto anterior (o sea, no conceder la autodeterminación, como desea ERC), concediendo el segundo (o sea, aceptar la existencia de una nación de identidad homogénea, con privilegios sobre un territorio,
como desea el PSC), es un grave error, porque no sólo no frena el avance del nacionalismo, sino que lo fortalece al legitimar las inevitables reivindicaciones de futuro: “¿Si somos nación, por qué no tenemos Estado?”, oiremos en pocos años. Igual que la mención a los “derechos históricos”, la mención a la “nación” es un “caballo de Troya” de los grupos soberanistas.
Quienes afirman que Cataluña es una nación tratan de cimentar su apuesta política en al menos uno de estos tres pilares: historia, cultura o voluntad del pueblo. Como ya hemos dicho, desde principios socialistas no es admisible que de una determinada lectura de la historia se deduzca la existencia de una nación, como tampoco es admisible desde el socialismo construir una nación a partir de elementos identitarios culturales. En cuanto a la idea de la “voluntad de autogobierno expresada a lo largo de la historia” —lo que los catalanistas llaman la “conciencia nacional”—, desde el más puro respeto a la democracia sólo podemos afirmar que ese plebiscito popular no se ha producido: aunque nuestros representantes parlamentarios defiendan de manera unánime que Cataluña es una nación, en la calle esa opinión es respaldada por una minoría (según una reciente encuesta de La Vanguardia, por un 21% de los catalanes). Cada ciudadano puede denominar a Cataluña como quiera; jurídicamente, en cambio, la cuestión es distinta: que la palabra “nación” figure en un texto jurídico la convierte en un término gramatical con valor normativo, con fuerza jurídica y con importantes consecuencias políticas. Defender en estas circunstancias que el Estatut consagre a Cataluña como una nación, pretendiendo ocultar todo lo que se esconde tras este término, es asumir el credo nacionalista.
¿Cómo se define la Nación catalana? ¿Son catalanes, por ejemplo, quienes tienen el castellano como lengua propia? Los catalanistas nos han dejado bien claro que la lengua no es un mero instrumento de comunicación valorable por su extensión, ni la lengua habitual de cada ciudadano, ni siquiera, necesariamente, la de la mayoría… Para Maragall, la lengua es “el ADN del pueblo”, una característica esencial del cuerpo político independientemente de su realidad y peso como fenómeno social. Para los catalanistas, “la lengua es el vínculo de unidad de los catalanes, el alma misma de la Nación, pues sólo en la lengua se manifiesta y se acuña la totalidad del carácter nacional…”. Así las cosas, si se sanciona por ley la existencia de una Nación catalana, ¿en qué situación quedarán los ciudadanos catalanes que no formen parte —por voluntad o por fatalidad— de esa Nación?
8. El PSC debe llevar la iniciativa política
Denunciamos el seguidismo de nuestro partido del discurso de ERC. Somos conscientes de que también entre los dirigentes del PSC hay quienes se sienten muy incómodos compartiendo la acción de gobierno con estos defensores de la exclusión. Conocemos su análisis: “Pactar con los fanáticos de ERC —se justifican— es necesario para evitar un frente soberanista CiU-ERC en Cataluña”; pero no compartimos su estrategia. En primer lugar, porque reducir el terreno de juego político al ámbito nacionalista implica disminuir nuestras posibilidades de obtener una mayoría real en Cataluña: no podemos renunciar a que el PSC dé respuesta a todo su electorado y represente también al voto tradicionalmente desatendido; el PSC tiene la obligación de evitar que otras iniciativas al margen del socialismo puedan recoger parte de este voto.
En segundo lugar, porque ninguna razón estratégica para obtener poder político justifica el abandono de los principios del socialismo. Pedimos que el PSC marque nítidamente las distancias con el discurso de ERC, hegemónico en el tripartito. Si esto no es posible, mejor será mantener la dignidad desde la oposición que envilecerse desde el poder. El pensamiento y la acción política de ERC son progresistas sólo de nombre: su compañía nos deslegitima. En el resto de Europa sus planteamientos políticos son asumidos únicamente por partidos ultranacionalistas y derechistas que defienden modelos de sociedades de privilegio, cerradas en sí mismas y en las que no todos sus integrantes tienen derecho al mismo reconocimiento oficial.
9. El PSC debe tener una relación federal con el PSOE
Denunciamos que la relación entre PSC y PSOE no atiende al significado de la palabra federal. El PSC se ha ido desnaturalizando como partido marcando las distancias con el PSOE y configurando su relación como confederal. Este tipo de relación limita los derechos de sus militantes, ya que la participación en la conformación de la voluntad del PSOE no resulta de su voluntad, sino de la de sus elites: no existe una relación de militancia directa. Las bases del PSC no ganamos nada con este modelo, al contrario: perdemos la posibilidad de conformar la voluntad del partido resultante de la federación. Este modelo, sin embargo, sí es interesante para la cúpula dirigente, que por un lado puede prescindir de la opinión de sus militantes —que ven así secuestrada su posibilidad de intervenir en asuntos del partido federal que le conciernen— y por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, puede actuar ante el PSOE como una voz
única territorial, que no transmite adecuadamente el pluralismo interno existente en el PSC. Con este modelo, toda “distancia” entre el partido federal y el partido federado redunda siempre en beneficio de la cúpula dirigente, que ve aumentado su poder.
Por ello no es de extrañar que incluso las siglas PSOE hayan desaparecido de nuestro anagrama. Además, no deja de ser una incongruencia decir que España es un estado federal y al mismo tiempo propiciar una estructura de partidos cuyos lazos sean confederales. A no ser que lo que se pretenda sea exportar el modelo “federal” descrito a la relación entre Cataluña y España. Esto sería muy preocupante, ya que supondría una limitación de los derechos de los ciudadanos catalanes, cuya voluntad ya no tendría una representación directa en la conformación de la voluntad federal, sino que estaría siempre mediatizada por la voluntad de la oligarquía local dirigente.
Por otra parte, este modelo de relación confederal, de distanciamiento del PSOE, nos aleja de la realidad de nuestros votantes, que nos identifican con el PSOE. Muchos de ellos nos votan sólo gracias a esta relación con el PSOE. Si seguimos trabajando para ser un partido diferente, corremos el riesgo de que, como sucede en las elecciones autonómicas —cuando más claramente se visualiza la diferencia—, una gran parte de nuestro electorado potencial se sienta huérfano de opción política y deje de votarnos.
10. El PSC debe destapar el oasis catalán
Denunciamos que el catalanismo utiliza la reivindicación nacional para desviar la atención de la acción de gobierno. El PSC ha contribuido a que en el pequeño mundo de la política catalana se consolide una política de falta de transparencia que se traduce en la ausencia de exigencia de responsabilidades políticas. Episodios como el del 3% han generado en nosotros un sentimiento de desconfianza y decepción que va a ser difícil de superar: lo importante no ha sido aclarar si ha habido pago de comisiones ilegales, sino buscar a toda costa el consenso para el Estatut de la nació.
El oasis catalán es un “hoy por ti mañana por mí”, un agradable sentimiento de seguridad para los políticos directamente proporcional a un desagradable sentimiento de fraude para el electorado. Por cierto, el auténtico autogobierno no es una cuestión de proximidad, sino de participación y control de la acción del gobierno. Y de hecho, la experiencia nacionalista nos está demostrando que la proximidad puede servir para lo contrario: blindaje de las elites, medios de comunicación acobardados, clientelismo empresarial y políticos que se han socializado juntos y que resuelven en comidas de amigos lo que deberían debatir en el Parlamento.
11. El PSC debe ocuparse de mejorar la gestión de gobierno
Denunciamos que el catalanismo del PSC empobrece Cataluña, no sólo cultural, sino también económicamente. Una de las acusaciones del PSC más recurrentes —y mejor fundamentadas— al nacionalismo conservador fue la de no gestionar con eficacia los recursos de que disponía y practicar una política victimista que ocultara todos sus fracasos de gestión. Pues bien, parece que el pujolismo ha generado unas inercias difíciles de corregir: tras constatar que la riqueza de Cataluña crece en proporción inferior a la de otras regiones españolas y europeas comparables, nuestros responsables políticos han reaccionado como sus antecesores en el poder, atribuyendo la decadencia económica al expolio al que nos somete el resto de España. El catalanismo nos
propone su solución: la única vía posible para que Cataluña vuelva a ser próspera es reducir la solidaridad con el resto de España y recuperar el concepto de saldo fiscal (concepto que, como bien nos recuerda Felipe González, fue reintroducido por Margaret Thatcher en la discusión del cheque británico). Nada se dice, sin embargo, del despilfarro que supone desviar recursos públicos desde la inversión productiva para fines exclusivos de exaltación patriótica, nada se dice de las desventajas económicas que generan las políticas identitarias —pérdida de mercados y creciente rechazo con riesgo de boicot, desaprovechamiento de oportunidades, suspensión de programas de inversión, deslocalización de empresas, ruptura del mercado de trabajo nacional, multiplicación de gastos no productivos, esclerosis de estructuras subvencionadas, freno a la iniciativa, barreras de entrada y promoción para los trabajadores, disminución del crecimiento económico…—, nada se dice de los problemas de gestión que ocasiona la selección de las personas que ocupan altos cargos con responsabilidades públicas más por su adhesión a la causa nacional que por su cualificación… El catalanismo sigue empeñado solamente en “ser” o en “tener más poder”, en lugar de en “hacer algo” con el que poder que ya tenemos. Nosotros pedimos al PSC que la acción de nuestro gobierno se concentre en modernizar el país, en promover la prosperidad de sus ciudadanos y en mejorar la gestión y la eficiencia de su administración y recursos públicos. La obsesión nacionalista debe dejar de actuar como un lastre para nuestro avance y desarrollo.
12. El PSC debe proponer un nuevo modelo de país
Denunciamos que después de 39 años de nacionalismo español y 23 años de nacionalismo catalán, Cataluña sigue sin conocer un modelo político de país que sume a todos sus ciudadanos. Existen dos Cataluñas: la Cataluña del patio, donde los niños hablan en libertad, y la Cataluña del aula, donde se impone la identidad única; la Cataluña de la calle, donde la convivencia en la diversidad es perfecta, y la Cataluña de la Administración, donde la ficción normalitzada se impone a la realidad normal. Más de un 80% de los ciudadanos de Cataluña vive con naturalidad su sentimiento de pertenencia a Cataluña y a España.
Muchos pensábamos que con la tan esperada llegada del PSC a la Generalitat conoceríamos por fin una Cataluña plural, integradora y abierta, que no desaprovechase su fuerza interior poniendo barreras identitarias, que no echase a perder buena parte de su potencial de crecimiento, que no generase un más que comprensible rechazo en la comunidad española a la que pertenece. Pues bien, el PSC está ya en el Gobierno y, a pesar de ello, la ambición política se sigue reduciendo a la exaltación de los símbolos nacionales y la acción política se sigue suplantando por la reivindicación permanente de mayores cuotas de autogobierno, con lo que se está abonando el terreno para que siga creciendo el independentismo. A Cataluña se le ha vuelto a escamotear un modelo político coherente y honrado con su ciudadanía. Por ello exigimos a los responsables políticos del PSC que propongan para Cataluña un paradigma de sociedad alternativo al defendido hasta ahora por el nacionalismo dominante. Animamos a militantes y simpatizantes socialistas y sindicalistas, a cuantos crean en la necesidad histórica del socialismo democrático, a apostar por un proyecto político que afronte y erradique las injusticias y desigualdades sociales, un modelo socialista libre de las servidumbres del catalanismo.