Los padres (buenos padres/madres, claro), son pacientes y observan progresos en los pasos más pequeños.
Practican el amor y la aceptación incondicional.
Se esfuerzan por ser ecuánimes, pero si se enfadan o frustran, la emoción tiene corta duración y no pone en peligro a nadie. Esta rabia desaparece rapidamente.
Los padres están vigilantes y alerta.
Están dispuestos a ceder su sitio.
Son siempre conscientes de la impermanencia (sus hijos son un recuerdo viviente)
Se dan cuenta de que no pueden controlar sus circunstancias sino sólo tratar de disponerlas de la mejor manera.
Hablan de manera amable y tranquila, incluso cuando están enfadados.
Están dispuestos a admitir errores y buscar la reconciliación.
Son conscientes de la limitación de su poder.
Los buenos padres, crean las oportunidades para que la alegría se manifieste en cualquier momento y para experimentarla en placeres sencillos.
Los buenos padres, saben que a veces deben adoptar un papel que les viene grande.
Siempre están dispuestos a aprender, incluso de alguien menos experimentado.
Los buenos padres, comprenden que que los resultados de las acciones no siempre son visibles de manera inmediata, ni tampoco predecibles, y por ello siguen adelante gracias a la fé.
Esta es la manera en que debemos actuar hacia nosotros mismos, cuando queremos aprender a amarnos tal y como somos.
(Extraído libremente de ” El camino del Zen para vencer la depresión”. Philip Martin. Editorial Oniro)
